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12 abr. 2015

Escrito a cada instante: “Balance de pérdidas y ganancias”



Juan Antonio Gallardo

Cuando ganar es acumular renuncias, administrar los afectos con cinismo ventajista, escenificar ciertas mansedumbres que tranquilicen a los cautos, impostar algunos límites que hoy no se podrán traspasar y que mañana no sabemos. Cuando ganar es un fin en sí mismo, apenas importan los medios, o importan poco y algunos olvidos nos sorprenden y otras desmemorias nos dejan así, estupefactos, como el que se tragó el cazo. No hemos, como el poeta, andado tantos caminos para llegar a destinos semejantes. 



Es por eso que  cuando veo a Alberto Garzón, hablar con tanta sensatez , pero con fuerza, sin enmascarar su discurso en fórmulas mágicas que pudieran contentar a todos; a la víctima del sistema y al verdugo financiero, a los que acarician monedas y botines,  y a los que han pasado por la quilla del barco pirata de la precariedad, en fin;  al toro y al torero, malicio que en alguna vereda mediática se perdió el vigor de los primeros “Podemos”  y que- parece bastante  posible- que ese testigo valiente, peleón y hasta” anti casta” , lo hayan recogido personas como este joven, Alberto garzón. Incluso ese meneo que ha dado a la confortabilidad de las poltronas,  la gente del quince eme, la gente de las- así llamadas- mareas ciudadanas, de los indignados justamente, de los injustamente excluidos de la alegría de vivir. 


Nutridos de ese músculo ciudadano, al fin, venimos a darnos de bruces con que los que siempre estuvieron más o menos cerca, para dejarnos unas sillas en un evento reivindicativo, para ofrecernos una sede para hacer una reunión con vecinos, para dejarnos cosas muy peregrinas pero muy necesarias en algún momento; una megafonía, un atril, unos teléfonos, organizar un autobús para una manifestación,  un espacio…a esos precisamente les hemos dicho que se vayan y que nada queremos saber de su militancia, de su proyecto. 


Cómo olvidar sus propias arrogancias, su pijerío de diputaciones y concejalías, su prurito de superioridad ante perroflautas y hipsters universitarios más o menos iletrados.

 Cómo olvidar las ganancias de Valderas y otros por el estilo, con sus trajes, con sus pintas de altos funcionarios de un negociado en Bucarest…pero tiene uno sus recuerdos y ha caminado junto a muchos de ellos en los noes  vociferantes a la guerra, en los espantos ante las escabechinas militares del imperio, en las melancólicas resistencias a decretos contra la libertad ciudadana, contra los derechos de los trabajadores. ¿Cómo olvidar que, con sus boqueras y sus pústulas, anduvieron muchas veces y mucho tiempo a nuestro lado?

Ahora, piensa uno,  han aprendido las lecciones ciudadanas, han renovado el fondo de armario con pestes a naftalina de aparato de partido y de obediencias debidas. Ahora, insisto, es posible que hayan recogido ese testigo más limpio y espontáneo. Se alejaron de algunos vicios y saludan a pie de calle.

Izquierda Unida, demos ya su nombre, ese al que quieren renuncien por una táctica electoral que se basa en ocultarse, en no decirles a la gente quiénes somos y de dónde venimos,  está pagando los platos rotos, siendo esta organización probablemente la que menos platos ha destruido de la cubertería partidista.


 Las pérdidas y las ganancias se escenifican en la arenga con la que Cayo Lara, hace unos días,  abroncaba a sus acólitos. El hombre, en un momento dado dice; “si es que represento algo, o si todavía represento algo”  Esa melancolía, ese “Si significo algo todavía” en la organización, la pandilla, la pareja…es a la vez pérdida y ganancia,  una derrota y una victoria. Derrota porque reconocemos implícitamente qué somos bastante prescindibles (en la organización, en la pandilla, en la pareja) victoria porque hemos comenzado ya otro vuelo, distinto, acaso más solitario, pero también más libre. 

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