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23 jul 2012

Solos y bajos los pies de los caballos

Dolores Romero

De todos es conocido que el colectivo de funcionarios nunca ha gozado de la simpatía de la sociedad, es posible porque han llegado a personalizar la incomprensible y caprichosa burocracia administrativa que en no pocas ocasiones complican mas que facilitar las cosas al ciudadano.

Hay a lo largo de nuestra historia numerosas obras literarias que reflejan meridianamente esta desafectación de la sociedad respecto a los empleados públicos en general. Todo se resume a que cuando alguien tiene un problema con la Administración, lo identifica con quien da la cara ante el administrado.

Pero no quiero quedarme solo en el origen de la desafectación, quiero referirme a desde cuando al poder político le ha interesado criminalizar al empleado público ante la sociedad haciéndolo pasar por el centro de todos los males, sobre todo en cuanto a lo económico se refiere.Fue Felipe González, quien empezó a ahondar en la idea de desacreditar a los empleados públicos, cuando tuvo que congelar los sueldos de los funcionarios. Para debilitar la contestación sindical a las medidas de congelación salarial de UGT y CCOO se decidió, maquiavélica y sibilinamente, apoyar y estimular la proliferación de sindicatos corporativistas en el sector público que pronto obtuvo eco entre los empleados públicos debido también a errores de las grandes centrales sindicales de clase.La proliferación de estos sindicatos corporativistas, defendiendo demandas sin la necesidad de encuadrarlas en el marco de las coyunturas económica y social del país, hizo que las campañas intencionadas de criminalización del empleado público desde los gobiernos prendieran en la sociedad fácilmente.Una vez prendido el germen entre los empleados públicos de que quien mejor los defiende laboralmente son los sindicatos corporativistas, había que seguir con el plan maquiavélico. Nuevamente los errores de UGT y CCOO allanaron el camino, que por su afán de crecimiento por alcanzar ser el sindicato más representativo del sector permitieron la entrada en sus filas a personas, alcanzando incluso puestos de relevancia y de responsabilidad, cuyas actitudes no ya como sindicalistas sino como trabajador dejaban mucho que desear. La administración aprovechó estas circunstancias para desacreditar a los sindicatos ante los servidores públicos, cuestionando laboral y personalmente a los sindicalistas, sobre todo de UGT y CCOO y por extensión a todos los demásPara ir simplificando, posteriormente durante los gobierno de Aznar se llevaron a cabo campañas, con la participación de varios medios de comunicación, más o menos intensas de descrédito de los sindicatos ante el empleado público acompañadas de otras campañas políticas de descréditos del empleados públicos ante la sociedad; así hemos llegados a la situación actual.Situación que se resume en que los funcionarios desacreditados ante una sociedad que, en general, aplaude los recortes de derechos laborales y salariales al colectivo mientras que los sindicatos corporativos carecen de la capacidad de movilización necesaria, el colectivo no encuentra interlocutor valido que les defienda ante los ataques a sus derechos, a la vez que los sindicatos generalistas amagan con una defensa con la boquita pequeña, para no verse salpicado, más si cabe, por el descrédito general de los sindicatos y sindicalistas del sector público que han prendido en la sociedad entera.Por tanto, el colectivo de empleados públicos se ha convertido en el chivo expiatorio de todos los males que aquejan a la nuestra sociedad sin que nadie puedan o quieran hacer de ellos una defensa contundente, no ya de sus derechos laborales sino de su dignidad como trabajador.

Las recientes y masivas manifestaciones contra los recortes llevados a cabo por el gobierno de Rajoy no significa que esta realidad este cambiando en cuanto la visión que tiene la sociedad en su conjunto respecto al funcionario, esta batalla parece hoy por hoy perdida, responde más a un cabreo generalizado de los ciudadanos hartos y cansados de una clase política que lo únicamente que sabe hacer bien es mentir, salvo honrosas excepciones.
 
Dolores Romero






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