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15 oct. 2015

Pobreza y exclusión



Salvador Moreno Valencia 
Dar en la esfera de lo específicamente humano 
“Es desprenderse de sí mismo, de lo más precioso que uno tiene:
su alegría, interés, comprensión,  conocimiento, humor, tristeza,
 todas las expresiones y
 manifestaciones que viven dentro de cada uno
enriqueciendo así a la otra persona.
El acto de dar motiva en las personas que se sientan
agradecidas a la vida que nace para ellos en ese amor.
La capacidad de amar, como acto de dar,
depende del desarrollo de la persona.
Cuando la persona ha superado el deseo de explotar a los demás
o de acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos,
 entonces es capaz de amar; mientras carece de estas cualidades,
tiene miedo de darse y por tanto de amar.”

 El sistema capitalista alimenta y crea la necesidad en el ser humano de consumir, para que caiga en la trampa de producir “ilimitadamente”, lo mismo que le hace creer que puede consumir, también, infinitamente. Esa es la “ley” del capitalismo, esa ley cuando se convierte en dogma produce en la sociedad y en la naturaleza grandes e irreparables daños. En la sociedad, por tanto, en el ser humano, produce insolidaridad, competencia, e insatisfacción, ya que es ésta última la que el sistema capitalista promueve aceitando bien la maquinaria de propaganda cuyos fines no son otros que atomizar, crear un ser aislado, individualista, egoísta y competidor, convirtiéndolo en un salvaje, en un superviviente que debe librar cada día una batalla ardua y por supuesto ímproba, un Sísifo materialista alejado de cualquier emotividad, de solidaridad, y de empatía hacia el otro, al que el sistema capitalista cruel en sus soflamas, ha convertido en un competidor, un enemigo al que hay que vencer en esa batalla cotidiana que libran millones de seres con el fin de satisfacer sus deseos: (creados por la publicidad de las grandes empresas que les dicen cómo han de ser, cómo han de vestir, qué han de comer y cómo,; que les dictan las formas con las que han de vivir para “Ser”, para “Existir”...).

El ser humano y la naturaleza en estos momentos están en peligro, quizás no hayan estado tan cerca del holocausto como lo están ahora, pero, ¡ojo!, ese holocausto ya no lo podemos definir o detectar como los anteriores ocurridos a través de la historia de la humanidad. No, este nuevo holocausto subyace en las conciencias de cada uno de esos “esclavos”, que como peces han mordido el gran anzuelo con el que el sistema capitalista pesca cada día para enriquecer a sus adalides, a sus pregoneros, a sus fieles seguidores, a esos “otros” seres humanos que hace tiempo dejaron de poseer un mínimo de moral, o peor, aún, dejaron de tener sentimientos hacia el “otro”, y todavía peor, dejaron de amar no solo a sus prójimos sino a la misma naturaleza de la que todos provenimos, esos seres inescrupulosos, avaros e insatisfechos juegan con la vida de millones de personas sin que les tiemble el pulso al firmar la condena que lleva a “otros” al desahucio, a la exclusión, a la pobreza, porque de ello “aquéllos” se enriquecen; juegan con la vida de miles de inocentes porque esas vidas, además de importarles una mierda, a ellos, digo, esas vidas que condenan a lo anteriormente dicho e incluso, si lo ven necesario, a la muerte, les producen beneficios en sus cuentas corrientes, abiertas, eso sí, en los paraísos fiscales, que ellos, esos seres sin escrúpulos, han creado para seguir engordando sus asquerosas cajas fuertes, llenas éstas, de cadáveres, de sangre, de horror, de insolidaridad, de intolerancia, de violencia, de robos, de pillajes...

El sistema capitalista usurpa y roba al resto de los seres humanos los recursos a los que todos deberían tener derecho, según un panfleto (no se le puede llamar de otro modo), dictado por la ONU, cláusulas que no se cumplen, como tampoco se cumplen las que aparecen en las constituciones, porque si es cierto que tanto la ONU como el resto de Estados “democráticos”, deben amparar a los más desfavorecidos, y no solo ampararlos, sino velar para que tengan las mismas condiciones de vida que los más privilegiados, no se entiende cómo en el mundo en general crece la desigualdad y por tanto la pobreza, la exclusión y la marginalidad.

Por tanto, este es el holocausto que el sistema capitalista alimenta, y parece que nadie se da cuenta, o no quiere percatarse de que se está enviando a la miseria a millones de seres, el fin: la degradación y el exterminio de millones de personas, mientras otros millones andan afanados en adquirir los últimos modelos tecnológicos, las últimas prendas de moda, o cosas que no hacen más que alimentar su vacuidad, su indiferencia, su actitud cínica y perversa, su gran “ego”, alimentado y aplaudido por el cruel sistema capitalista cuya máxima corre de boca en boca, máxima más peligrosa, si cabe, que un arma: “Consumo, luego existo”.

“Cuando la persona ha superado el deseo de explotar a los demás
o de acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos,
 entonces es capaz de amar; mientras carece de estas cualidades,
tiene miedo de darse y por tanto de amar.”

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