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30 oct. 2015

Exceso, acumulación, queja e insatisfacción: las puertas de la enfermedad



Salvador Moreno Valencia


No cabe duda de que vivimos en un sistema en el que imperan el exceso, el deseo de acumulación, la queja y la insatisfacción como “valores” (desde mi punto de vista contravalores); por un lado el exceso se ha instalado en la psique individual-¿colectiva? para hacer ver de que la clave de la existencia está en cometer excesos; por otro lado, se ha inoculado en ese “inconsciente” individualista-¿colectivo? que es vital para la existencia acumular cosas, entre ellas, la primordial, el dinero, (que es el Dios del capitalismo) e innumerable  cosas poco o nada prácticas, que precisamente, se compran con el Dios de estos tiempos, aquel “Don dinero poderoso caballero”, que el señor ¿…? supo satirizar en sus sonetos. 



Pero, ¿qué es del exceso y la acumulación si no los acompañamos de la queja y de la insatisfacción? En estos tiempos de vacuidad, y de crisis económicas, en los que siempre ganan los mismos y pierden los de siempre la queja y la insatisfacción han pasado a formar parte del lenguaje cotidiano y no hay ya conversación alguna en la que éstas no estén presentes, la queja como pócima mágica, conjuro contra el mal vivir de cada día, queja como derecho al pataleo sin más consecuencia que la propia queja que queda, una vez expuesta, olvidada y relegada al simple y mero hecho de poder quejarse con la única libertad que les dejan, la queja como antídoto y a la vez como veneno; la insatisfacción como pan de cada día, demasiado donde elegir, demasiadas ofertas para satisfacer el ego, demasiada vacuidad, demasiado vacío, el ser humano moderno nace, crece y vive aleccionado y educado para que se convierta en un ser insatisfecho, por mucha doctrina del positivismo que quieran venderle, pero del positivismo y del mal que éste ha engendrado en las mentes humanas hablaremos otro día.


Los que cometen excesos, los que acumulan se quejan, siempre se quejan, siempre están insatisfechos, como si sus conciencias se revelaran contra ellos. La mayoría de ellos están enfermos, porque la enfermedad acude a su llamada, porque la enfermedad se adueña de ellos, porque la enfermedad es amiga del exceso, de la acumulación, de la queja y de la insatisfacción; son sus excesos, sus acumulaciones, sus quejas y sus insatisfacciones la identidad del egoísmo, de la insolidaridad, de la inhumanización a las que han sido llevados con un perverso fin: la aniquilación de todo pensamiento crítico, la exclusión de todo aquel que no siga los dictados del sistema; al fin el mundo se ha convertido en un lugar donde priman las cosas materiales antes que los valores humanos, el humanismo está en vías de desaparición…; un mundo en el que no es posible ni la comunicación, ni el diálogo, solo  la lucha, la competición, la insensibilidad consiguen abrir camino, la barbarie se ha adueñado de casi todos y se quejan  insatisfechos por cosas triviales y ni siquiera se escuchan a sí mismos, locos, más bien monos amaestrados, o loros que repiten con indiferencia el estribillo de la canción de la queja, de la insatisfacción, a pesar de que nadan en el exceso y en un mar de cosas acumuladas, las de ellos, las que importan, las que son necesarias sacar a la luz, mientras, paradójicamente, aseguran vivir porque no les queda otro remedio, porque eso es lo que hay y que deben seguir luchando porque necesitan adquirir muchas más cosas, pero aun así, se quejan de estar enfermos como si esas enfermedades que padecen fueran la justificación a su actitud en la vida: “Soy excesivo, acumulo, me quejo, estoy insatisfecho luego existo pero estoy enfermo, solo la enfermedad y la muerte me privarán de disfrutar de mis excesos y de mis cosas acumuladas aunque éstas no sirvan, prácticamente, para nada, eso sí, todo esto es mejor que reconocer que soy un ser frío y sin escrúpulos que no ayudaré a nadie, porque primero estoy yo y por supuesto mis excesos, mi acumulación, mi queja y mi insatisfacción, y porque hace mucho que borraron de mi mente la palabra *compartir…”. 


Porque nadie comete los excesos igual que otro, nadie acumula de igual modo y nadie se queja de la misma manera que el propio EGO, el que se ha adueñado de los imbéciles que creen que ni los excesos, ni la acumulación, ni la queja, ni la insatisfacción les puede llevar a la enfermedad, porque jamás reconocerán que son enfermos mentales, locos dados por cuerdos.

*Compartir, palabra que hace tiempo fue eliminada de las mentes humanas.

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