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15 mar 2015

Escrito a cada instante: “Las palomas”



Juan A. Gallardo

A  Benito Mussolini debió costarle muchísimo trabajo entender que los mismos que agitaban banderas victoriosas  y coreaban su nombre o su mote; ¡Duce, Duce, Duce!  así, tres veces al unísono y como si no hubiera otra cosa en el mundo que aquel hombre que era como casi todos los dictadores de esta era,  temible y ridículo. Le debió costar muchísimo, decíamos, entender que esos mismos o sus primos, vinieran un día a por él, a arrastrarlo por la plaza pública para lo del linchamiento y la venganza. 



Así,  Francisco Franco, con su mote también; el caudillo, se acostaba bien confortado cuando en la plaza de Oriente, la turbamulta coreaba entusiasta su nombre de pila, ¡Franco, Franco, Franco! Otra vez tres veces. Por eso se fue al otro barrio convencido de que todo lo dejaba atado. ¡Y bien atado!.

Hoy conocemos a un montón de personas que estuvieron en la lucha antifranquista, pero a ninguna persona tenemos el gusto (es un decir)  de conocer que  nos relate cómo se iba con la familia, algunos días festivos, a la plaza aquella a gritar con el brazo alzado y la palma abierta, como si tuviese una enfermedad nerviosa, Franco, Franco, Franco, tres veces, como los tres golpes de sangre que tienen los toreros en las elegías.

 ¿Habrán muerto ya todos los franquistas de antaño? Los nuevos son demócratas, ya sabemos, y si  no fuera porque hay etarras hasta oriundos de Villaluenga del Rosario deseando coger las metralletas, serían  todavía más demócratas de lo que ya lo son. 

Nicolae Ceaucescu estaba tan asombrado ante el sumarísimo tribunal que decidió fusilarlo a él  y a su esposa que no llegó siquiera a sentir miedo ante la muerte inminente, sintió sólo una gran indignación ante la traición y el abandono de los que hasta unos meses antes le hacían la ola cuando pisaban sus revolucionarios zapatos las alfombras rojas de los palacios del proletariado, valga el oxímoron.

Caen, como fruta madura, de un lado y de otro los que se sostuvieron décadas en sus moncloas, sus  pardos palacios de invierno y de verano, sus Jaimas de fantasía o de cuento oriental.

Vemos decapitar muchas estatuas que otrora fueron lugar de peregrinaje y veneración de líderes, padres de la patria, padrecitos, el  Führer de turno…

Las palomas, equivocadas o no, saben para qué están las estatuas. Para cagarse en ellas.

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