Páginas

3 jul 2010

Sin enterarme de nada

Salvador Moreno Valencia

A veces no me entero de nada. Quizá esto sea una actitud de defensa que mi subconsciente adopta para no verle las orejas al lobo. El caso es que leo la prensa, sea el día que sea, y parece repetirse el día, no hay mucha novedad en el panorama local, provincial, nacional o internacional, la única Cosa que parece haber tomado todas las cosas, curiosamente, es esa Cosa que parece no verse pero que está ahí, a nuestro ladito, que camina junto a nosotros, que nos acompaña en cada segundo de estos tiempos, y de todos los tiempos, pero no es la muerte, esa es otra, ni la sombra que tampoco nos abandona, ya lo habrán adivinado: ‘adivina adivinanza: verde en el campo, negro en la plaza rojo en mi casa’. Tampoco la respuesta tiene nada que ver con esa Cosa que como un Alien de película de terror nos asecha en cada esquina, en cada jornada laboral, en cada jornada alaboral, en cada charla, en cada saludo, está en todos y nos supera a todos, nos ha atrapado a todos y a fuerza de repetirla una y otra vez se ha vuelto invisible pero contundente, parece lejana, más bien mediática, más cosa de inventos o cosa de extravagancias de los que mandan, pero no, es real, aunque a veces parece abstracta, es palpable a la vez que se escurre entre comentario y comentario. Suena en los bares, en los mercados, en la calle, y nadie recoge firmas para erradicarla, todo lo contrario se ha hospedado en nuestras casas, en nuestros trabajos, en nuestros paros, en nuestra lengua, en nuestra Lengua, en nuestros sueños, en nuestros Sueños, en todo cuanto vive y cuanto habita, no plagio aquí los versos de tan insigne Poeta, o debería llamarla Poetisa. Gran escritora y rechazada por la Real Academia de las mentiras, esta es otra historia pero imperfecta e impúdica. (...) 
Sigamos con esa Cosa que es como la sombra o como la muerte o en sí es las dos cosas, o se ha convertido en las dos cosas a la vez y nos atenaza por todos los rincones del planeta. Más liquidez señores gobernantes gritan los tunantes banqueros hijos todos de la estafa y la usura, más liquidez señora Europa que sin una red financiera saneada y con fondos este mundo se va a la quiebra, quebrado quebrando con pistolas voy matando y con los réditos que de las muerte saco sigo construyendo más armas, otras nuevas, mejores, más silenciosas, perfectas para aniquilar a la escoria humana, mientras en mis arcas brillan los lingotes del oro que les robo, del diamante que les usurpo, del gas que les arrebato, del petróleo que les confisco, del agua que les contamino, del sol que les embargo, del cielo que enveneno, de la tierra que deshago, de los bosques de los que los exilio, del mar que esquilmo…
Es un veneno que vamos tomando de a poquito, sorbo a sorbo para conseguir, para mantener sus extravagancias, para fortificar sus cajas fuertes, para custodiarlos ante el peligro, para velar por ellos, para aceptarles cualquier afrenta, y ellos se inventan las palabras, las acciones, las perversidades, se inventan el miedo, los dioses para hacernos temerosos, los diablos para condenarnos, se inventan las coartadas para eliminarnos, se inventan lo que haga falta para mantenernos a raya y seguir engordando sus riquezas.
Es como la sombra o como la muerte que siempre nos acompaña, es cosa de jodernos, es cosa para oprimirnos, para hacer de nosotros unos bárbaros, es el apoyo a la ignorancia, a la incultura, y no hace poco que murió un gran catedrático que decía: ‘el peor cáncer de este tiempo es que las masas hayan aprendido a leer’ (tomo prestado esta frase de un articulo de Arturo Pérez Reverte, publicado en el dominical del pasado domingo el XL Semanal). Y me pregunto: ¿cómo se pude ser tan hijoputa por muy misántropo que se sea?
Será que a él y a las firmas que tienen poder en este país no les afecta la Cosa, esa que intento no decir, esa a la que intento no poner nombre, o como diría Miguel de Cervantes, ‘de cuyo nombre no quiero acordarme’. Y es sabido que siempre, y seguro que ya lo he escrito y dicho en alguna ocasión, habla de paro el que gana sus buenos sueldos a final de mes, de amor y sexo los que no lo practican, de fórmulas mágicas para alcanzar la felicidad los que precisamente ni la conocen, de restricciones, y de apretarse el cinturón los que dan cuenta de un suculenta langosta regada con el mejor de los vinos, de reparar en gastos los despilfarradores, de fidelidad los infieles, de malos tratos los misóginos enmascarados bajo lo correctamente político. Sí, y a ellos, a los que la inventan, quiero decir la Cosa, esa que nos amenaza cada mañana desde hace algún tiempo, seguro que a ellos no les afecta, porque bien que no se reducen ni el sueldo ni el presupuesto; y para alabanzas a los perros bien amaestrados, esos que presumen de patentes y otras zarandajas de libertad de expresión y que critican a los que ostentan sillones y parnasos, cuando ellos, sin ir más lejos llevan años siendo firmas del mismo contubernio. Pero no, la Cosa, tampoco les afecta a ellos que cobran por firmar, que ganan premios, qué casualidad, desde que nacen y esto no es poco.
Por eso la Cosa, esa que se asemeja a la sombra y a la muerte sólo nos afecta a los de siempre: Los parias de este mundo, a los que, curiosamente, todos esos lameculos defienden a capa y espada desde sus bien apoltronados sillones.
No hay nada como la austeridad para reconocer que unos nacen con estrellas y otros estrellados. Hoy de momento ya me ha pasado la ‘Crisis’, al fin lo dije.
Salvador Moreno Valencia

No hay comentarios: