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23 jun 2010

Marxistas de pueblo

PINIÓFILO
Asomados a la ventana del olvido, agazapados entre paredes de hormigón oscuro, resguardados por los recuerdos del antepasado, refugiados en las costumbres de la camaradería, obstinados por la maldita revolución que nunca llega, cultivando viejos recuerdos del Che, y filosofando sobre los problemas del capitalismo y el proletariado.
Algunos salen a la calle disimulando sus creencias más férreas, para combatir la náusea en los tiempos de cólera, sin caer en la tentación de manifestar en público el rojo de sus mentes. Otros en cambio, golpean su lanza de yugo a todo ser viviente que confunda la libertad con el libertinaje, el ser uno mismo por la estupidez
personificada, o el cultivo del celebro por la enseñanza de las masas. Siempre sonrientes y de buen rollo en tertulias con aliados, en otras en cambio, agresivos y malhumorados por las discrepancias del que lleva la contraria del saber, en horarios bañados de crápulas y ebriedad transitoria. (...)
Ellos siempre estarán ahí, en las inmediaciones de tu casa, en el garito de la esquina, en la puerta del colegio, en los festejos del pueblo, e incluso en alguna iglesia religiosa, acompañando algún evento tradicionalista.
Siempre observados por las miradas indiscretas, obscenas y despreciativas de los que confunden el hartazgo con el pecado, el festejo con la devoción, la palabra con el grito, el bohemio con el loco, el grupito con el solitario, la filosofía con la palabrería, o la minoría con el populacho.
Siempre criticados por su forma de vestir, para muchos barriobajera, con la típica camiseta por fuera y los vaqueros gastados y manchados de cenizas de tabaco, peinados con el roce de las huellas dactilares de sus dedos, y la barba expuesta y sin recortes de muchos días.
Siempre alejados de lugares donde se respira el coqueteo, la cursilería, el marquismo, el perfume de cacharel, el polo del cocodrilo, el finolis pueblerino, y las chicas envueltas en trajes de princesas entusiasmadas por el baile de su música comercial y pachanguera.
Siempre acuchillados por los niños de papá y mamá, portadores incuestionables del tesoro del mundo, educados en su mayoría para portar las medallas de sus vírgenes marianas, derramando sus ofrendas en hermandades de culto pagano y fervoroso.
Siempre cuestionados por no entrar en el saco de las televisiones basura, la comida americana, el mundo sarcástico de las redes sociales, y la movida vulgar de la botellona jovenzuela, que acarean al individuo al pozo más extremo del borracho.
Siempre intentando escurrir el bulto para no hacer sufrir a sus seres más queridos, que nunca entenderán la idiosincrasia de sus pensamientos, sus hábitos psicotrópicos, el rock transgresivo de sus venas, la cervecita del buen vivir y su estilo de interpretar el soneto de ultramundo.
Ahí están ellos, atrapadlos para que no huyan, que de estos ya quedan y deambulan pocos, ofreciendo amistad y reivindicando respeto, conmocionados por las leyes que gobiernan nuestro estado y los que manejan los hilos de la desigualdad, que rellenan sus enormes barrigas de poder, riquezas, intolerancia y fetichismo.
Piniófilo

2 comentarios:

Ernesto dijo...

Muy muy bueno, creo que estos señores
y personajes en Sanlucar de extinguieron a finales de los ocheta.

Sergio dijo...

Aún conozco algún despistado por ahí
que diambula de comunista cerrado.