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1 abr 2010

El Triunfo de los Mercaderes

José H. Lodeiro: Ahora que resuenan cornetas y tambores, ahora que el aire huele a cera e incienso, ahora que muchos disimulan sus vacíos espirituales interiores bajo túnicas y antifaces, ahora que celebramos la historia de traición y muerte del Nazareno,… a uno le sigue chirriando la neurona ante este espectáculo.
Si aquel hijo putativo de carpintero vino a predicarnos el triunfo de la vida sobre la muerte, ¿por qué me da la sensación que este post-carnaval que llamamos Semana Santa se regodea más en la muerte que en la vida? Si todos estamos de acuerdo en que lo más grandioso de su predicamento se concentra en aquello de “amaros los unos a los otros” ¿por qué tan pocos símbolos y señales del triunfo del amor sobre el odio? Quizás las cosas no van como él las planeó.
Siempre me llamó la atención aquel pasaje del Nuevo Testamento que relata el cabreo de órdago que cogió Jesús cuando vio el templo convertido en un mercadillo. Me sorprendía que aquel pacifista hasta la médula agarrase un látigo y expulsara a golpes a los mercaderes. Con el tiempo lo comprendí. Él sabía que serían ellos los que prostituirían sus enseñanzas y las convertirían en mero ‘merchandising’. (sigue...)
Y cuando hablo de mercaderes, que conste, no me refiero a los vendedores de garrapiñada, manzanas caramelizadas y pirulís de La Habana, que se ganan honradamente su pan. No. Hablo de aquellos que trafican con los más nobles sentimientos, de quienes comercian con nuestros ideales, de quienes negocian con nuestras ilusiones, de quienes trapichean con nuestros votos, de quienes especulan con nuestras expectativas de un mundo mejor.
Con la perspectiva que nos da estos dos mil años transcurridos desde que el Nazareno nos visitó, no es aventurado afirmar que esa batalla la ganaron los mercachifles, quienes ya no sólo se instalan alrededor de los templos, sino, incluso, se han convertido en sus dueños. Mercaderes con sotana negra, morrada o blanca, que hacen ostentación de tales lujos, que obligarían a Jesús a empuñar de nuevo el látigo. ¿Se habrán parado a pensar en algún momento en el significado de aquello de que “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico en el reino de los cielos”?
Ante tal panorama a uno le entran a veces unas irrefrenables ganas de blasfemar, oiga.

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