Algunos oficiales de la GESTAPO, tenían un gusto exquisito para la música, para las artes plásticas y para la literatura. Como engolados pavos de un corral miserable, paseaban con elegancia su palmito genocida, sus lujosos uniformes de diseño, por la cochambre de los barracones, donde judíos, gitanos y militantes de izquierda, eran sádica y lentamente destrozados. Miraban la ruina humana que habían provocado con su monstruoso odio, no ya desde ese odio con el que empezara el Holocausto, sino desde una mezcla de indiferencia y repugnancia, porque los que allí iban muriendo no se parecían apenas a lo que fueron. El objetivo no era el asesinato, la muerte llegaría inexorable por sí misma a cada desgraciado preso en los campos de concentración, sino la tortura. La anulación del individuo antes de la disolución.
Tampoco era el objetivo principal de los fascistas españoles la extinción del maestro de pueblo de ideas republicanas, del comunista o del anarquista. Los fusilamientos en las tapias de los cementerios, los secuestros de madrugada para dar muerte al amanecer a los desdichados, iban más dirigidos a la población que asistía horrorizada a la impiedad de aquellos que habían enarbolado el nombre de dios durante los años de guerra, que a los propios ejecutados. (sigue...)
De todas las porquerías con las que el hombre ( y la mujer, pero menos) puede hacerle a uno vomitar y abominar de la condición humana, es sin lugar a dudas La Tortura la que se lleva la palma. En la tortura se dan cita todas y cada una de las corrupciones del comportamiento.
El torturador es o puede ser, como el oficial de la GESTAPO que absorto en una cantata, va tranquilamente firmando los permisos para la construcción de una cámara de gas, o como el esbirro de Stalin, llenándose la boca de revolución obrera mientras telefonea desde su Dacha para que vuelvan loco a algún pensador disidente, a base de golpes y descargas eléctricas. Como el fascista español, ordenando la paliza a un comunista hasta que eche la hiel por la boca, mientras él termina de engullir la hostia consagrada, recién salido de misa de doce.
Se quiere decir con todo esto que el torturador no es un monstruo que el demonio nos manda para asustarnos. El torturador es un- digamos- ser humano que duerme plácidamente por las noches, que no se despierta con los gritos de horror de su víctima, porque su víctima, los gritos de ésta, tienen para él, el mismo valor que tienen los gritos del cerdo que acuchilla el matarife.
Y sin embargo, esta explicación bastante celebrada de que el distanciamiento con respecto a la víctima, el no considerarla ya alguien de la misma especie que uno y que por eso la aberración a la que se la somete no produce remordimientos excesivos, ni lleva al hijo de puta (no podía aguantar una línea más sin decirlo) del torturador a la locura o al suicidio, no se sostiene.
Porque el torturador además del cuchillo del matarife, además del valor moral de una patata frita, además de la cobardía, del sadismo y la aberración sexuada de su vomitivo vicio, necesita del odio para ejercer su perverso oficio de tinieblas. Necesita clavar su mirada asquerosa sobre el ser indefenso al que se someterá al martirio.
Yo no tengo las ideas muy claras casi en nada, pero sé que estoy y estaré siempre de parte de Jesucristo en manos de los lacayos romanos que lo azotaban, por más que su iglesia haya participado después activamente en las más oscuras formas de tortura sin morirse de vergüenza.
Estaré de parte del poeta al que los milicos daban picana en los huevos entre sucias carcajadas que herían el aire.
Estaré de parte de Miguel Ángel Blanco sintiendo el frío de la pistola sobre su cabeza mientras era obligado a arrodillarse por su asesino infecto.
Y estaré de parte de Lasa y Zabala, aullando de dolor en manos de unos justicieros de película guarra.
Jamás haría lo mismo con nadie, ni siquiera con los torturadores. Los torturados lo saben; no pueden asir siquiera el consuelo de la venganza porque , en su mayoría, no aceptan semejante locura de tormento, cobardía, ensañamiento miserable y odio. Sin embargo, con Benedetti, afirmo que, acaso un torturador no se redima suicidándose, pero algo es algo.

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